domingo, agosto 16, 2015

Confesión embarazosa n.º 2

La escena se desarrolla en un velatorio no muy concurrido.

--Qué lástima. Con lo buena gente que era.

--Bueno, era un poco suyo, pero no molestaba mucho.

--Dicen que de niño dibujaba muy bien.

--Oh, sí. No tenía ningún tipo de técnica ni nada, pero garabateaba unos monigotes de lo más chistosos.

--Y tampoco se le daba mal la música, ¿no?

--Bueno, para no tener una formación musical seria, no tocaba mal el ukelele.

--Sí, cada vez que interpretaba Musica notturna delle strade di Madrid, de Boccherini, los vecinos interrumpían sus discusiones a gritos para escuchar.

--Tengo entendido que también hizo sus pinitos en el cine, y en la escritura.

 --Filmó algún corto con un grupo de amigos estrafalarios que tenía. Todos llegaron a ser reputados cineastas multimillonarios, menos él.

--Llevaba un blog. No lo leía nadie, pero tenía su chispa.

--*Suspira* Ah, cuánto talento. No entiendo cómo nunca llegó a nada.

--Se rumorea que contrajo un vicio que consumía gran parte de su tiempo.

--Dicen que por eso perdió el trabajo y su casa, y que por eso lo dejó la señora que vivía con él.

--¡Virgen santa! Pero ¿qué vicio tan terrible era ese?

--Es demasiado vergonzoso para hablar de ello estando él aquí, de cuerpo presente...

--¡No nos deje en ascuas! Seguro que a él no le importará.

--Era un vicio relacionado con Internet...

--¡No me diga más! ¿Se dedicaba a buscar fotos de señoras?

--¿Eh? Bueno, sí, como todo el mundo. Pero ese no era el problema, sino su adicción a las descargas de adrenalina y dopamina generadas en el transcurso de una discusión acalorada.

--No estará insinuando que...

--Sí. El pajarito le arruinó la vida.

--¡No! Qué espanto. En fin. Podría haber sido peor.

--Pues sí. Al menos no se puede decir que haya muerto sin decir ni pío.



miércoles, julio 29, 2015

Mi problema con las artes marciales

Hace tres años que practico artes marciales, y tengo un problema.

Mi problema no es la falta de coordinación que me aqueja desde mi más tierna infancia y que ocasionaba que, cuando nos obligaban a jugar a futbol en las clases de educación física (en las que sacaba mis peores calificaciones), los capitanes de equipo eligieran antes al chico con muletas que a mí.

Mi problema no es mi bondad intrínseca, el corazón de oro que provoca en mí una profunda reticencia a hacer daño a ser vivo alguno, y menos aún a un miembro de la entrañable especie humana.

Mi problema no es mi dificultad parasuperar mi aversión natural a arrimarme a señores sudorosos y magrearlos en vez de huir de ellos.

No, mi problema con las artes marciales son los pantalones blancos. Los del karategi. Comúnmente llamado kimono. El uniforme, pues. Que, en la disciplina que practico, es blanco, por más señas. Al final de la clase, el pantalón acaba casi invariablemente con una tenue pero sonrojante mancha pardusca en la parte posterior.

El lector receloso pensará que esto se debe sin duda a una higiene deficiente por parte de un servidor. Se equivoca. Antes de clase, tengo buen cuidado en frotarme por ahí con admirable esmero y, aun a riesgo de atascar el desagüe, con alguna que otra toallita húmeda. Por si fuera poco, me pongo doble calzoncillo, como medida adicional.

Pero es inútil. Cuando me quito el pantalón y le doy la vuelta, siempre con un pequeño rayo de esperanza, me derrumbo al comprobar la ineluctabilidad del destino. Por fortuna, mis compañeros en el dojo han tenido la delicadeza de no comentar nada al respecto. Al menos en mi cara. Para no irritar más de la cuenta a la señora que vive conmigo, en cuanto llego a casa me pongo a restregar laboriosamente la prenda en el lavadero a fin de borrar la vergonzosa mácula en la medida de lo posible.

No descarto la posibilidad de que la implacable mancha sea consecuencia de mi alimentación o del miedo que paso en el tatami. De cualquier modo, agradeceré al lector cualquier sugerencia que me ayude a superar tan angustioso problema.





sábado, junio 20, 2015

Oh, mi Dios!

Al parecer, este video (entre otros muchos) de las mexicanas Fátima y Regina, que parodian doblajes latinoamericanos, se ha hecho viral. Y ya era hora, carajo. Muchos de esos doblajes son lastimosos. Las dos adolescentes imitan de manera magistral la forma de hablar titubeante y llorosa de los actores de doblaje (en mis tiempos creo recordar que eran bastante mejores), un intento, supongo, de reproducir la entonación de los estadounidenses a quienes doblan y que no tiene mucho que ver con la que se usa en el español de la calle.

Sin embargo, como persona que se dedica profesionalmente a la cosa, quiero centrarme en la cuestión de la traducción. He notado una tendencia muy marcada por parte del traductor de doblaje latinoamericano a calcar las construcciones del inglés, bien por pereza, bien por una especie de malinchismo inconsciente que lo lleva a creer que la forma de hablar de sus compatriotas es vulgar y que en realidad deberíamos adoptar un español mucho más próximo al idioma de los vecinos del norte, y por tanto, más "culto". En el video tenemos el ejemplo de "oh, mi Dios" o "estábamos en medio del océano", frases que ningún hablante del español diría espontáneamente. Al menos, ningún hablante de hace unos diez o quince años. Y es que me temo que los doblajes descuidados son responsables de que se hayan popularizado construcciones ajenas al espíritu de la lengua, como por ejemplo "amo este vestido", aunque no descarto que algunas de ellas hayan seguido el camino inverso y, antes de generalizarse en el doblaje, se hayan introducido en el habla por otros medios, dada la gran proximidad e influencia cultural de Estados Unidos.

Los doblajes hechos en España tampoco se libran de este fenómeno. La expresión "tener sexo" (como sinónimo de "mantener relaciones sexuales"), antes inexistente, se ha extendido tanto en el lenguaje popular como en el periodístico por culpa, sospecho, de la dejadez de los traductores.

Creo que sería muy necesario replantearse la forma de realizar estos doblajes (sé que algunos serían partidarios de eliminarlos por completo, pero ese es otro debate), no solo por "proteger la pureza" del español, sino, sobre todo, por evitar que, en el producto final, los personajes o el narrador empleen un lenguaje tan artificial y estrambótico que desvíe la atención del espectador de lo importante, que es el contenido de la obra. Si la ridiculización despiadada de Fátima y Regina, además de hacernos reír, sirve para cambiar la actitud de los estudios y los profesionales del doblaje, muy bienvenida sea.

martes, junio 09, 2015

Antivacunas

El caso de un niño de Olot que ha contraído la difteria (enfermedad prácticamente erradicada en Europa occidental) porque sus padres son contrarios a las vacunas ha abierto un debate que no debería existir. Por lo visto en España las vacunas no son obligatorias, a diferencia, por ejemplo, del cinturón de seguridad, pese a que este solo protege a quien lo usa y en cambio las vacunas protegen a la comunidad entera. Sí, siempre hay un riesgo de que las vacunas produzcan efectos adversos, pero es un riesgo muy, muy pequeño, mientras que buena parte de las enfermedades contra las que protegen son potencialmente mucho más dañinas. En la publicidad y los medios se da mucha importancia a "reforzar las defensas" del organismo. Pues la mejor manera no es con yogures, bífidus o aceite de tomillo y eucalipto, sino vacunándose. Ironías de la vida: las vacunas sí son obligatorias para los perros.

Algunos de los que viven en un entorno protegido contra epidemias terribles tienden a dar por sentado que esa situación es "natural" y olvidan que, de no ser por las vacunas y la medicina moderna en general, las cosas serían muy distintas. Es una especie de adanismo que idealiza un pasado en el que todos vivíamos más sanos y felices, en comunión con la Madre Naturaleza, sin estar sujetos a la esclavitud de la tecnología moderna ni a los diversos venenos que nos administran a diario las pérfidas multinacionales, cuya política empresarial parece ser la de enriquecerse aniquilando a todos sus clientes. Un pasado idílico que, huelga decirlo, no tiene nada que ver con el real, en el que las plagas devastaban a la población y la mortalidad infantil era muy elevada. Cosa que, por desgracia aún ocurre en algunos países donde el acceso a la sanidad y las vacunas es muy limitado.

Aunque estemos sometidos a estrés, ruido y contaminación, quienes vivimos en sociedades más o menos desarrolladas llevamos una existencia mucho más fácil y agradable que la de nuestros antepasados. No tener esto bien presente es hacer un flaco favor a su memoria. Y un auténtico insulto para quienes hoy en día siguen sin tener acceso a ese bienestar.

Otro tema es que quizá acabemos aniquilándonos como especie con el CO2. Pero no mezclemos las cosas.

sábado, junio 06, 2015

Los viejecitos australianos son los putos amos

El otro día, la señora que vive conmigo y yo fuimos al estadio olímpico de Montjuïc a ver tocar a AC/DC, que, para los jóvenes que no lo sepan, es un célebre grupo australiano de rock duro que data de la antigüedad, concretamente de la década de los 70 del pasado siglo.

Una puesta en escena espectacular, con luces de colores, pantallas gigantes, pirotecnia e incluso cañones como en la Obertura 1812, acompañó la impecable actuación del grupo. Aunque casi todos sus miembros son sexagenarios (algunos casi setentones), mantienen una vitalidad envidiable (al menos para este cuarentón que les habla) y a mi juicio encarnan a la perfección las cualidades más esenciales del rock, que están en las antípodas de esa languidez pseudonaïf e intelectualoide de los hipsters postmodernos: potencia, vigor, irreverencia y una actitud gamberra y ligeramente mónguer (sin ánimo de ofender).

Mismas cualidades que encontramos, curiosamente, en la reciente película Mad Max: Fury Road, del también australiano (este septuagenario) George Miller, responsable también de las películas originales del guerrero de la autopista, estrenadas en los setenta y ochenta. El filme (como el concierto) es una agresión constante a los sentidos. Es una interminable secuencia de acción interrumpida por brevísimos momentos de calma que apenas sirven para tomarse un respiro. Pese a ser una superproducción con superestrellas como Charlize Theron o (en menor medida) Tom Hardy, se salta a la torera los convencionalismos narrativos hollywoodienses, lo que provoca, sobre todo durante la primera hora, una sensación de desconcierto en el espectador, que se ve inmerso en medio de la acción desenfrenada sin explicaciones previas sobre el contexto, una distopía futurista cuyas reglas y estructura tendrá que ir descubriendo a partir de las pistas diseminadas que se le dan a lo largo de la película. Al igual que los rockeros, Miller prescinde en lo posible de la tecnología digital, y filma complicadas coreografías con decenas de vehículos, a cual más estrambótico.

Ni la música de AC/DC ni Mad Max: Fury Road son obras sesudas, profundas o tremendamente estimulantes para el intelecto. Son adrenalina pura. Y demuestran que los viejitos australianos (entre muchos otros) pueden dar más de una lección de nervio y fuerza a los jóvenes artistas modernos.



He aquí el magistral solo que Angus Young interpretó en el concierto. Para quien no le haya quedado muy claro a qué me refiero con "actitud ligeramente mónguer".

sábado, mayo 16, 2015

La infinitesimal probabilidad de nuestra existencia

En esta entrada de la muy recomendable y soezmente titulada IFLScience, se nos muestra un cálculo probabilístico de la sucesión de acontecimientos que han sido necesarios para que cada uno de nosotros naciera con el código genético que tiene y no otro. Según dicho cálculo, la suma de la probabilidad de que todos nuestros antepasados, desde el primer organismo unicelular hasta nuestros padres, alcanzaran la edad reproductiva, de que nuestros padres se conocieran y nos engendraran, de que el espermatozoide exacto fecundara el óvulo justo, sería de 1 entre 10 2.685.000 es decir, un uno seguido por más de dos millones y medio de ceros. Al parecer, esa viene a ser más o menos la probabilidad de que existamos tal como somos.

Y todo eso sin tener en cuenta circunstancias particulares. En mi caso, por ejemplo, sé que debo mi existencia a, como mínimo, tres conflictos bélicos: la guerra de Cuba y las dos guerras mundiales ("La guerra es el padre (¿o quizá la madre?) de todas las cosas", es la frase con que comienzan las memorias de mi abuelo).


Hace poco vi uno de esos sesudos documentales del Canal Historia o similar donde detallaban una serie de atentados fallidos contra Hitler. Según la Wikipedia, fuentes diversas mencionan hasta 42 intentos de matar al hijoputa del bigotito. Todos fracasaron. Seguramente habría bastado con que uno de ellos tuviera éxito para que yo no hubiera nacido.

Es tentador sentirse especial después de saber que uno es fruto de una larga serie de sucesos sumamente improbables, muchos de ellos desgracias terribles. Pero supongo que es un pensamiento falaz. Al fin y al cabo, es un error confundir la probabilidad a priori de que se produzca un resultado concreto (como por ejemplo, que al barajar un conjunto de naipes estos queden en un orden específico; una probabilidad bajísima, infinitesimal) con la probabilidad de que se produzca cualquiera de esos resultados (que en el caso de la baraja, es uno; es decir, es un suceso impepinable).

En otras palabras, si no hubiera habido esas guerras, sino otras, si mis antepasados no hubieran sobrevivido hasta reproducirse, pero otros sí, si el espermatozoide y el óvulo que formaron mi cigoto no hubieran sido los que fueron, sino otros, probablemente nadie habría creado esta entrada ni este blog. En cambio, existirían otras personas que ahora no existen, y quizá alguna de ellas se plantearía reflexiones tan ociosas y ombligocéntricas como las mías.

A lo mejor, en algún universo paralelo, es así.

jueves, abril 23, 2015

Recomendaciones para el día de Sant Jordi

Mi desinteresado consejo como trabajador del sector editorial es que compren libros. Muchos libros. Aunque sea para decorar estanterías, calzar mesas cojas, o fabricarse un bonito sofá. El mero hecho de comprar libros le hará mucho bien a su nivel cultural y esas cosas.
Como ya son grandecitos, ustedes sabrán qué libros les interesan más, así que me limitaré a indicarles cuáles NO deben comprar:
  • Libros de famosos para que se los firmen y para sacarse una selfie con ellos. Hagan mejor un apaño con Photoshop, que tendrá más o menos el mismo valor. 
  • Libros sobre el independentismo catalán, ya sea a favor o en contra. Uno y otro argumentario caben en sendas caras de una servilleta. Lo demás es paja.
  • Libros de homeopatía, reiki, dietas detox, el poder de la mente, las energías y demás zarandajas.
  • Novelitas pseudohistóricas que no son más que propaganda política encubierta, como las de César Vidal, Pío Moa o Sánchez Piñol.
  • Nada que lleve el nombre o la cara de Paulo Coelho en la cubierta o las solapas. Estos ni para calzar mesas sirven, por pringosos y almibarados.

    Bien, con estas recomendaciones creo que ya estarán bien equipados para salir a dar un paseo en esta bonita mañana primaveral. Bona diada de Sant Jordi!

jueves, abril 16, 2015

Loa de la mediocridad

Esta entrada de un blog que recomiendo encarecidamente a quienes no tengan inconveniente en leer en catalán me ha motivado a hacer mis propias reflexiones sobre la mediocridad.

Las películas de Disney y afines nos enseñan que todos, por insignificantes que parezcamos, tenemos aptitudes ocultas que con esfuerzo y tesón podemos desplegar para conseguir destacar por encima de los demás. Pero, en la vida real, por razones lógicas, es imposible que todos destaquemos, del mismo modo que es estadísticamente imposible que la mayoría de la gente tenga una inteligencia por encima de la media*. ¿Significa eso que casi todos estamos condenados a una existencia frustrada por nuestra incapacidad para cumplir con el objetivo vital de todo ser humano, que es el de sobresalir?

Por la manera en que se nos cuenta la historia, tendemos a pensar que los avances de la humanidad son obra exclusiva de grandes visionarios, luchadores y genios. No pretendo restar mérito a los científicos, artistas, exploradores y deportistas insignes; sé que su labor, además de ser muy valiosa, además sirve de inspiración al resto de los mortales. Ni menos aún sugiero que haya que mochar los árboles que descuellen sobre los demás; al contrario, hay que darles facilidades. Pero ninguno de esos personajes ilustres vivió en un vacío social; todos fueron fruto de su momento histórico, de los avances y esfuerzos realizados por sus contemporáneos y quienes vinieron antes que ellos, de la convivencia y colaboración de miles de personas que integraban la civilización que hizo posible que se dedicaran a su trabajo en vez de a una mera lucha por la supervivencia.

¿Qué podemos hacer, pues, quienes no poseemos cualidades extraordinarias? "Esfuérzate al máximo, dalo todo de ti, no te rindas nunca, y el universo conspirará para recompensarte", diría algún gurú new age o un entusiasta cursi. Paparruchas. La capacidad de esforzarse al máximo sin rendirse también es una cualidad extraordinaria de la que no todos estamos dotados.

Cada vez que había que hacer alguna tarea de bricolaje en la casa, mi padre me decía "mucho ayuda el que poco estorba". Creo que no es un mal principio. Conseguir navegar por la vida sin hacer de este mundo un lugar peor es algo que sí está al alcance de todos, o casi. Lo que no significa que sea fácil. Y, si además conseguimos que la vida de nuestros seres próximos sea un poco más agradable o interesante, eso ya sería la leche.

No estoy proponiendo que adoptemos el conformismo del aurea mediocritas horaciana, o que renunciemos alegremente a todo esfuerzo por ser este seguramente inútil o, en el mejor de los casos, prácticamente insignificante para el progreso de la humanidad. Digo que para contribuir a ese progreso no es imprescindible que destaquemos, que nuestro nombre quede inscrito en los libros de historia, que nos recuerden las generaciones futuras. De un modo u otro, todos influimos en ese devenir. Así que, ya que estamos, más vale intentar que sea para bien.



Salieri, nuestro santo patrón.


*Bueno, supongo que técnicamente es posible si la minoría está MUY por debajo de la media. Agradeceré toda puntualización o comentario matemático.

martes, abril 14, 2015

El Procés

Los que vivimos en Cataluña llevamos tres o cuatro años inmersos en una cosa que los políticos y periodistas llaman "el Procés". Aunque esta expresión a veces va apellidada con un "sobiranista" o un "cap a l'estat propi" (hacia el estado propio), suele utilizarse así, a secas. Todo el mundo habla de ello; los medios catalanes tratan el tema prácticamente a todas horas, y los del resto de España le dedican tertulias y portadas escandalosas.

Aun así, sospecho que nadie sabe muy bien en qué consiste.

Yo, desde luego, no lo tengo claro. Los políticos que se supone que lo están liderando (o, según algunas versiones, están obedeciendo la voluntad del pueblo) nunca hablan de ello en términos inequívocos. Todo su discurso está basado en eufemismos y sobreentendidos. Quienes están en contra, por otro lado, dirigen sus críticas a los protagonistas del Procés, más que al Procés en sí (algunos escriben "Prusés", adaptando a la ortografía española la pronunciación de la palabra en catalán, con la aviesa intención de zaherir a sus partidarios, al parecer con éxito), supongo que porque tampoco están muy seguros de contra qué están luchando.

El concepto "proceso" denota un desarrollo, un movimiento que, aunque puede ser lento, gradual, siempre es hacia delante, hacia arriba. Por eso resulta extraño que, después de varios actos multitudinarios impresionantes, declaraciones grandilocuentes, consultas alternativas e internacionalización del Procés, uno tiene la sensación de que todo sigue más o menos donde estaba hace tres o cuatro años.
P. D. No, madre, esta bonita animación de la escalera de Penrose no es mía. La encontré por Internet y me la apropié cual vulgar cibercaco.

jueves, abril 09, 2015

Soy espalda (I'm back)

Si los cálculos no me fallan (cosa harto posible, pues por algo no seguí los pasos de mis ilustres padres matemáticos), hace como tres años y medio que no actualizo esto. Si todavía queda alguien allí fuera, le agradezco la lealtad y, sobre todo, la paciencia. Como la naciente primavera excita mi sistema endocrino de una forma incontrolable que alimenta mis impulsos más narcisistas, me he hecho el propósito de retomar el blog y actualizarlo con frecuencia, para no seguir privando al mundo de mis profundas y reveladoras reflexiones.

Les hago un breve resumen de los avatares de mi fascinante existencia para ponerles al día:

Aunque, a causa de mi última entrada, sin duda algún lector pensó que mi prolongado silencio se debía a que no había logrado sobrevivir a mi segunda clase de yoga, lo cierto es que, aunque no sufrí daños físicos ni mentales permanentes, no hubo una tercera.

Ya oigo decir a más de uno: "Qué tipo tan blandengue. Mi sobrinita de cuatro años podría propinarle una paliza con una mano atada a la espalda." Pues no se crean: tras mi nefasta experiencia con las prácticas ascéticas de origen hindú, me embarqué en un trekking en Nepal hasta los pies del mismísimo monte Everest (ya les hablaré de ello más adelante, fue una experiencia de lo más curiosa), del que salí bastante airoso.  Después, azares del destino me llevaron a tomar clases de un arte marcial, no para suicidas, sino para sádicos, y no solo sobreviví de forma milagrosa a las primeras sesiones, sino que ya soy cinturón azul (para legos en la materia: en el sistema de gradación japonés, es el color que está solo dos por debajo del negro). Así que cuidadito con mandarme a sus sobrinas de cuatro años.

Por lo demás, todo igual. La señora que vive conmigo aún me soporta con admirable estoicismo, he desarrollado una adicción patológica a pelearme en las redes sociales, mis perros sufren menos a causa de la estridencia de la pirotecnia, en parte porque cada vez están más sordos, en parte porque el Barça ya no es el que era. Sigo ganándome la vida traduciendo, sobre todo novelas de género fantástico escritas por una australiana cuyas heroínas son jóvenes sencillas con poderes mágicos insospechados y que, pese a su aspecto poco llamativo, enamoran a hombres poderosos y extraordinariamente apuestos. En resumen: lo que hoy en día se conoce como literatura feminista.

En fin, un saludo afectuoso. No duden en hacerme llegar sus muestras de cariño y demás comentarios.