jueves, octubre 06, 2011

It's hard to be a procrastinator's mum

El otro día mi madre me rogó por teléfono que empezara a buscarme otro trabajo.

-Si sigues así, vas a matarte trabajando -me advirtió (en la familia tenemos cierta afición al melodrama).

Por una fracción de segundo, me sentí curiosamente halagado. Por lo visto mi madre no sólo ignora que soy un holgazán, sino que encima me cree capaz de algo tan heroico (y cansado) como matarme trabajando. Pero luego medité sobre su consejo por unos instantes, y solo de imaginar lo pesado que sería ponerme a buscar otra profesión a estas alturas (currículums, entrevistas, cursillos, ¡y en un país con récord de desempleo!), me invadió una pereza profunda acompañada de cierta irritación.

-Ya sé que nunca te ha gustado mi trabajo -repuse con voz lastimera-, pero no sé hacer otra cosa. Ni modo, te salió un hijo tonto -añadí al borde del llanto (¿he dicho ya que en la familia tenemos cierta afición al melodrama?)

-Bueno, lo importante es que a ti te guste -sentenció mi madre, usando la típica frase que se le dice a una hija que tiene un novio borracho, pendenciero y mujeriego cuando todos los intentos por convencerla de que lo deje han caído en saco roto.

En realidad, entiendo que mi madre esté preocupada. Si a la impresión que tiene de que me paso el día trabajando sumamos que no gano grandes fortunas, no es de extrañar que, a sus ojos, mi situación sea similar a la de un niño vietnamita ciego y tetraplégico que trabaja en una fábrica de Nike por un cuenco de arroz a la semana.

Mi madre me llama a horas en las que la gente normal ya está descansando plácidamente (las siete u ocho de la tarde), o incluso en fin de semana, y, cuando me hace la fatídica pregunta "¿qué andas haciendo?" y yo respondo "trabajando", oigo retorcerse sus tripas al otro lado de la línea con consternación maternal. Lo que pasa es que yo no hago horarios de gente normal. A mí me retuerce las tripas con consternación filial saber que a las ocho de la mañana (y pasada la edad de jubilación) ella no sólo está despierta, sino en la oficina, seguramente deslomándose con la intención de ahorrar el dinero suficiente para poder cubrir mis gastos médicos cuando me dé una apoplejía ocasionada por el exceso de trabajo.

En realidad (y ojo, que no quiero darle rabia a nadie, solo tranquilizar a mi progenitora), yo empiezo a trabajar en promedio a las doce del mediodía. Los días en que logro ponerme a chambear a las diez y media me siento como el proverbial madrugador a quien Dios y Guardiola ayudan. Por otro lado, no hay que olvidar que soy mi propio jefe. Y nunca he destacado precisamente por mis dotes de mando ni por mi capacidad de imponer disciplina (quienes conocen a mis perros pueden dar fe de ello). En cambio, como empleado de mí mismo soy muy rebelde. Esto se traduce en que no todo el tiempo que me paso sentado frente a la computadora es tiempo que dedico a trabajar. Internet es un distractor poderoso. La atracción que ejercen los videos de perritos bebiendo del excusado es directamente proporcional a la cantidad de trabajo que uno tiene en un momento determinado. De ahí que siempre me atrase un poco y acabe teniendo que trabajar en fin de semana cuando se aproxima una entrega.

Por eso (entre otras cosas) he decidido volver a actualizar el blog, ¡para que al menos mi madre tenga una prueba tangible de mis distracciones!

2 comentarios:

Gemut dijo...

Lástima que la melodramática madre no tenga la misma labia que su hijo. Eso demuestra que éste no erró su profesión.

Petit Anyell dijo...

Mucho ánimo.