miércoles, agosto 05, 2009

Frippante

El otro día fui al Centre Artesà Tradicionàrius (CAT) a ver tocar a Robert Fripp y la League of Crafty Guitarists. Si a alguien no le dice nada este nombre seguramente es porque nunca ha sido fan del rock progresivo o sinfónico que tuvo su auge en los setenta. Fripp fue fundador de uno de los grupos más célebres de ese estilo, King Crimson, y es el único miembro que se ha mantenido en la banda a lo largo de las diferentes formaciones que ha tenido. Aparte de eso, es considerado uno de los mejores guitarristas de rock. Y es el autor de las musiquillas de apertura y cierre del Windows Vista, su obra más decepcionante pero sin duda también la más escuchada. Tiene un estilo inconfundible y personal, obsesivo, casi frenético, y muy juguetón.

Supongo que este último rasgo es el que lo llevó hace unos veinte años a fundar una especie de secta; les enseña a sus discípulos de todo el mundo a tocar la guitarra con una afinación rara de su invención, y además los instruye en técnicas de relajación, Tai Chi y labores domésticas. Luego se los lleva de gira, con el nombre de League of Crafty Guitarists.

El CAT es una sala bastante pequeña en la que caben no más de 200 personas, a ojo de buen cubero. La performance (pues de eso se trataba, más que de un concierto) comenzó cuando se plantaron delante del escenario, a nivel de los asientos, unos veinte jóvenes con sendas guitarras no-eléctricas, en fila horizontal. Cuando yo temía que rompiesen a cantar Clavelitos, se pusieron a tocar una serie de acordes, escalas y arpegios de lo más frippianos. Lo interesante es que no tocaban todos lo mismo a la vez, sino que creaban una especie de efecto envolvente haciendo que las notas recorrieran la fila de un lado a otro. De esta guisa interpretaron varias piezas que yo no conocía y alguna que sí, como una versión instrumental de Helter Skelter, de los Beatles. Luego intensificaron el efecto envolvente colocándose en círculo alrededor de los asientos. Ahora las notas y acordes giraban y giraban en torno a nosotros, cada vez más deprisa, casi hasta producir vértigo. Aunque tal vez musicalmente aquello dejaba un poco que desear, como experimento sonoro era impresionante.

Después los músicos jóvenes se marcharon y dieron paso a los que supongo que eran los once alumnos más avanzados y al propio Fripp, que saludó al público con unas reverencias muy propias de un aristócrata inglés. Los músicos se sentaron en semicírculo en el escenario, y Fripp tras un armatoste electrónico que lo ocultaba casi por completo del público, salvo por su mano izquierda. Los guitarristas, siempre con el rostro impasible (otra de las técnicas inculcadas por Fripp, imagino), tocaron varios temas, esta vez con las guitarras no-acústicas amplificadas, lo que limitaba el efecto envolvente pero reforzaba el uso percusivo que se hacía a veces del instrumento (hasta el punto que en cierto momento aquello sonaba como una batucada) y los ruidos raros que a veces hacían con él, arrastrando la púa a lo largo de las cuerdas más gruesas, por ejemplo.

He de reconocer que el punto más débil de la performance fue para mí el propio Fripp. Por fortuna, le cedía casi todo el protagonismo a sus discípulos, pero cuando intervenía lo hacía con su Gibson Les Paul (la única guitarra eléctrica de toda la función), con la señal tremendamente procesada por un aparatillo que la hacía sonar como un vibráfono, una flauta o una sección de cuerdas. Era como si, en un campeonato de natación amateur, llegara Michael Phelps a competir con una moto acuática. Lo peor fue un momento en que los músicos dejaron a Fripp solo en el escenario con su guitarra y su aparatito. Estuvo unos diez minutos narcotizándonos con un solo soporífero que me recordaba las improvisaciones que hacían en los ochenta los teclistas que no eran muy buenos pero tenían sintetizadores capaces de hacer soniditos como del espacio (aunque en el espacio no hay soniditos). Por suerte luego volvieron los discípulos. Tocaron, entre otras cosas, una versión de Misión Imposible, guitarrera pero sumamente fiel a Schifrin. Al final, se desenchufaron todos y tocaron a pelo el tema de King Crimson 21st Century Schizoid Man, (que en cierta parte se parece mucho a Misión Imposible, por cierto). Estuvo bien, pero para mí lo mejor fue la obertura envolvente protagonizada por los discípulos más jóvenes. Me dieron ganas de ingresar en la secta, pero francamente me da mucha pereza aprender a tocar con una afinación diferente.