miércoles, julio 08, 2009

La venganza de los caídos

El otro día conseguí vencer mi recelo habitual hacia el cine de arte y ensayo y fui a ver una película, ya no me acuerdo si era de Fassbinder, Kiarostami, Wong Kar-Wai o uno de ésos. Realmente no me arrepiento. Aunque, tal y como me temía, prácticamente no entendí nada, extraje del filme valiosas lecciones estéticas y vitales. Por ejemplo, descubrí que los robots tienen escroto y poseen la facultad de expulsar ventosidades. ¿Quién es el hombre para creerse el centro indiscutible del universo? También aprendí que cuando pelean entre sí es casi del todo imposible distinguir al bueno del malo, entre otras cosas porque, como muestra la foto, todos se parecen, no hay forma de saber qué están haciendo y tanto uno como el otro tienden a romper o volar en pedazos cualquier estructura o vehículo en un radio de cien metros. ¿Acaso no es éste un reflejo fiel de lo equivocado que está el maniqueísmo ético?
Descubrí que las ruinas de Petra están a menos de cinco minutos en coche de las pirámides de Giza, y ya estoy planeando mi fabulosa ruta turística para este verano, que incluirá la estimulante demolición de casas de los nativos, pocos y cobardes, como muestra la película, de modo que difícilmente opondrán resistencia.
Aprendí que, aunque tengas cara de tonto, hables como un tonto y te portes como un tonto, si tienes un Camaro amarillo que se convierte en robot (o viceversa), puedes conseguir una novia guapísima que, además de permanecer perfectamente maquillada y peinada incluso en medio de un intenso fuego cruzado en el desierto (¡y sin que se le salga una teta del escote cuando va corriendo!), se muere por tus huesos y te perdona aunque te sorprenda besando con lengua a una bella alienígena asesina rubia. Eso sí, tampoco se le puede exigir mucho más que eso, aunque, pensándolo bien, no es poco.
Descubrí que si mueres a causa de una explosión que te avienta a diez metros de distancia pero por lo demás te deja prácticamente intacto, vas a parar a una especie de cielo donde unos monstruos mecánicos gigantes y divinos te resucitan, siempre y cuando tú tengas que resucitar a tu vez a un robot gigante. (De hecho, es ése sí que es un final Deus Ex Machina, en todos los sentidos, aunque no sé por qué los monstruos divinos no resucitan directamente al robot gigante en vez de esperar a que medio Egipto y medio Oriente Medio --¿eso sería un cuarto de Oriente?-- queden arrasados).
También aprendí que la avaricia puede hundir la carrera de grandes actores como John Turturro al aceptar papeles en películas tan absolutamente descerebradas como ésta.
Al final no llegué a saber quiénes eran los caídos que se vengaban, pues en realidad todos los personajes se caen y se vengan más de una vez. Hay uno que se llama "The Fallen" incluso en la versión doblada y que no sé si se muere o huye o algo, pero que no fui capaz de distinguir en ningún momento de Megatrón ni de otros de los cientos de robotes que pululan por ahí haciendo mucho ruido.
Nah, ya lo pensé mejor: sí que me arrepiento.

3 comentarios:

Paloma Zubieta López dijo...

Estoy sorprendida de la gran cantidad de aprendizajes que una película taquillera puede aportar al espectador. Lo que me preocupa son todos aquellos que, al contrario tuyo, puedan interpretar esos aprendizajes como leyes de vida. En esos casos, estamos perdidos... Un abrazo.

NM dijo...

Con lo caras que son las entradas del cine hoy en dia... Eso debe haber dolido bastante
jejeje

Chimichambo dijo...

Paloma, si alguien consigue extraer una ley de vida de esa película, aunque sea totalmente errónea e inmoral, es un auténtico genio. NM, sí que dolió, y más teniendo en cuenta que me compré un menú infantil (palomitas y refresco pequeño), que por el precio y el tamaño debe de ser para niños muy ricos y muy gordos.