jueves, junio 25, 2009

La noche más larga

Por estos pagos es tradición celebrar bulliciosamente la noche del 23 de junio, en lo que llaman la verbena de San Juan. Al día siguiente los asalariados no trabajan. Aunque la señalada fecha tiene lugar un par de días después del solsticio de verano, por algún motivo se dice que es la noche más corta del año. Tan convencidos de ello están algunos lugareños que se esfuerzan al máximo por hacer que esa noche les parezca interminable a los vecinos que no participan en sus celebraciones.

Cerca de mi casa hay una tienda de petardos y cohetes, situada de forma muy adecuada en la calle Perill (la misma donde está la piscina en la que los gordos que chapalean y las barcelonesas egocéntricas luchan encarnizadamente por el territorio). Como puede observarse en la foto (está un poco chueca porque la tomé subrepticiamente), el dueño de dicha tienda se aprendió a conciencia la lección sobre la propiedad conmutativa de la multiplicación, por lo que proclama con un llamativo cartel su fabulosa ganga de tres por cuatro (cartel que permanece ahí colgado todo el año, por cierto). Pues bien, a pesar de la cacareada crisis y de lo poco tentadora que parece en principio la oferta del "3 x 4", los amorosos padres hacían cola ante la tienda con sus tiernos retoños ya dos días antes de la verbena, como se aprecia en la imagen.


En casa los de esa tienda nos echan en el buzón un folleto de propaganda muy bien impreso (y en el que destaca el personalísimo sello de la casa, el del "3 x 4", aunque más abajo, para las contumaces mentes cartesianas, se aclara que dicha oferta consiste en "pagar 3 y llevarse 4", y no en lo contrario). En dicha publicidad aparecen fotos vistosas de una amplia variedad de paquetitos multicolores con nombres tan bonitos como "monos saltarines", "estrellas azules", "100 chinos", "el drac de Sant Jordi", "nit de les bruixes" (da gusto ver que la normalización lingüística en el mundo de la pirotecnia va por buen camino), y unas cajas de aspecto ligeramente más amenazador llamadas "baterías", con nombres como "Tramuntana", "Tempestat" (eso, que yo sepa, no es ni catalán ni castellano... ¿valenciano, tal vez?), "Matrix" y "Manhattan", bautizado así no sé si en honor del proyecto homónimo o de la catástrofe del 2001.

Por lo que he podido comprobar, los productos pirotécnicos que gozan de mayor predicamento entre el entrañable chiquillerío no son bonitas fuentes de luces de colores, bengalas o hermosos cohetes de fuegos artificiales, sino unos ingenios infernales denominados truenos (unos de ellos llevan, por ejemplo, el elocuente nombre de "T.N.T"), cuya única gracia reside en detonar con un estampido ensordecedor. Si oír una cosa de ésas a menos de cincuenta metros provoca un colapso instantáneo del sistema nervioso periférico, ya se imaginarán el efecto que produce pasarse una noche entera (no, los tiernos retoños no se acuestan sino hasta las cinco o seis de la mañana) oyendo cerca de tres de esas explosiones por minuto. Sobre todo si uno incurre en la insensata sosería de intentar dormir.

Los que peor lo pasan son sin duda los perros. Según un artículo del periódico, cada año mueren unos cuantos atropellados o aplastados en la acera al saltar desde un balcón o ventana en su frenético intento de huir del ruido. Nuestros dos perritos la habían llevado bastante bien en años anteriores, pero por algún motivo misterioso se han vuelto hipersensibles. Cada vez que oyen un petardazo en la calle (cosa bastante frecuente, porque como pasan pocos coches, los deliciosos infantes aprovechan para campar a sus anchas), se encogen violentamente y se echan a temblar como una hoja. En la foto se puede ver a Sanchito paralizado en el suelo de la cocina (para aquellos poco duchos en lenguaje corporal de los carlinos, he de decir que cuando tienen la cola baja en vez de enroscadita hacia arriba como un puerquito, es porque no están nada contentos). Un par de días después, Tau, el otro perrito, todavía tiembla cuando salimos a la calle, y eso que ahora ya casi nadie tira petardos.

Un titular del periódico del día siguiente reza: "Verbena de Sant Joan, tranquila y sin incidentes graves". Es por la cacareada crisis, supongo. Sin embargo, más abajo leo que "un total de 279 personas han recibido asistencia hospitalaria en Catalunya, diez más que el año pasado [...] La mayoría por la atención médica (sic) ha sido por quemaduras y por afectaciones oculares producidas por las hogueras y los petardos". Leo también que hubo que desalojar a 200 vecinos de una urbanización de Begur por un incendio. En efecto, una verbena tranquila. Qué bonito es conservar las tradiciones. Hijos de su puta madre.