domingo, mayo 31, 2009

Diario de un superviviente

31 de mayo

La situación es desesperada. Veo signos de remisión, pero sé por experiencia que son traicioneros. Temo que el fin esté cerca.

Comenzó hace unas semanas. Una noche, surgieron varios brotes simultáneamente en diversos puntos de la ciudad, uno de ellos un bar muy cercano a mi casa. Los infectados comenzaron a aporrear las mesas, a trasegar cerveza barata y a emitir unos alaridos ininteligibles que helaban la sangre. Pocos minutos después, la infección se transmitió a personas que iban al volante y que se pusieron a dar claxonazos estridentes con un ritmo vagamente parecido al de los tambores de guerra bantúes. Las motos daban vueltas ruidosamente por la ciudad, en un frenesí apocalíptico que agitaba las fuerzas más negras y telúricas que anidan en el alma humana. Grupos de infectados ataviados de forma pintoresca y armados con largas varas de las que colgaban telas de dos colores, patrullaban las calles e instaban a los transeúntes a repetir sus demoníacos cánticos.
Al día siguiente, la prensa y la televisión no hablaban prácticamente de otra cosa, aunque me temo que los periodistas ya habían contraído también el extraño virus, pues describían el fenómeno con un entusiasmo patente, muy alejado del pasmo y la aprensión que se habían apoderado de mí.

Entonces comprendí que, por algún motivo misterioso, yo era inmune.

El fenómeno perdió intensidad para volver a cobrarla con más fuerza unos días después, y el tercer y más virulento recrudecimiento se produjo el pasado miércoles. Las hordas de infectados alcanzaron el paroxismo no mucho antes de la media noche, y se congregaron masivamente en una zona céntrica de la ciudad para librarse a una orgía desenfrenada de alaridos y furiosos brincos. Algunos incluso arrancaron semáforos, rompieron escaparates e hirieron a miembros de las fuerzas del orden, que tal vez aún no habían contraído el nefasto virus, o tal vez arremetían contra los revoltosos con la misma rabia e irracionalidad con que estos los atacaban a ellos.
Los días siguientes, incluso los intelectuales de mente preclara que habitualmente escribían artículos sesudos sobre temas fundamentales para el ser humano, publicaron el equivalente literario a los alaridos ininteligibles que la víspera se oían por la calle.

Temo ser el último hombre cuerdo que queda. Ruego a Dios que, si hay otros como yo, hallen una manera de ponerse en contacto conmigo.

De momento me siento solo. Muy solo. Y tengo miedo.