martes, enero 27, 2009

A merced del veleidoso Destino

El otro día volví a nacer. Tuve una experiencia de esas que te recuerdan lo frágil que es la vida y cuán indefensos nos hallamos ante los caprichos del azar.

Empezaba a notar un dolor cada vez más fuerte en los dedos del pie derecho que me obligaba a cojear ligeramente al andar. Como la noche anterior había asistido a un maratón de country, di por sentado que mis entusiastas y no por ello poco ágiles evoluciones y taconeos en la pista de baile, con los pies enfundados en mis viriles pero rígidas botas de vaquero rudo hechas en China, eran la causa de esa molestia. Así que no le di mayor importancia.

Iba ya a irme a dormir, con los calcetines puestos, como suelo hacer pasra sobrellevar los rigores del invierno, convencido de que, como me había quitado los zapatos, el dolor habría desaparecido por la mañana. No obstante, la señora que vive conmigo aventuró que tal vez sería conveniente echar un vistazo a ese dedo dolorido. Yo no tenía ganas, pero si la experiencia me ha enseñado algo es que los consejos de esa señora más vale tenerlos en cuenta, por impertinentes que parezcan en un primer momento, así que me quité el calcetín con indolencia.

¡Oh, dantesco espectáculo! ¡Oh, imagen horrífica que desde aquel aciago día me atormenta en mi agitado sueño! En torno al meñique de mi pie derecho, enrollado como si me lo hubiese atado allí para acordarme de algo, había un pelo, negro, largo y rizado (como los de la señora que vive conmigo) que me apretaba el dedo hasta tal punto que el extremo de éste se había hinchado como una morcilla y empezaba a presentar el tono liláceo que no puede asociarse a la carne humana sino en estado de asfixia o putrefacción incipiente.

Ignoro cómo pudo pasar una cosa así. Sin duda el pelo ya estaba dentro del calcetín cuando me lo puse, pero el modo en que llegó a formar un torniquete tan pulcramente apretado en torno a mi dedo pequeño es algo que escapa a mi entendimiento. El caso es que sólo de pensar en lo que habría ocurrido si me hubiera pasado toda la noche con ese pelo constriñéndome el más frágil y diminuto de mis miembros (un cuadro aterrador de dolor lacerante, gangrena y amputación), me estremezco y un sudor frío me baja por la espalda.

Estoy empezando a contemplar la posibilidad de animar a la señora a llevar el pelo corto.

5 comentarios:

Paloma Zubieta López dijo...

Nunca se me hubiese ocurrido que algo así de simple y terrorífico podría pasar. ¡Qué susto! Y qué gran ventaja tener a esa señora que vive contigo y que tuvo la genial idea de revisar la escena del crimen, me congratulo al saber que se ha salvado al más pequeño de los dedos. Pero lo que sí me ha dejado pasmada es la entusiasta sesión de country... Aunque coincidimos en los gustos juveniles por la lectura, en lo que a ritmos se refiere, mejor nunca vayamos a bailar... Un abrazo.

Walter O. dijo...

Eso sí está raro. Igual fue el Sanchito que cuando ustedes duermen, no sólo ronca... tendrá habilidades macabras para hacer cosas extrañas, incluso llevando calcetines puestos. Yo que usted, echaba a ese perrito de la casa...

Momert dijo...

Enano! Qué susto! Y la verdad, qué historia tan extraña. Dudo mucho que Sanchito sea el culpable, no tiene pulgares, y el hecho de que se parezca al alien de MIB no lo hace capaz de hacer maldades escabrosas.

Daniel Martins dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
NM dijo...

¡Qué susto! y la escrita deliciosa.