viernes, octubre 24, 2008

Estampas misantrópicas #1: La piscina

Desde que descubrí que nadar me quitaba unos dolores de cabeza horribles debidos, supongo, a contracturas en los músculos cervicales por estar todo el día sentado, intento ir al menos dos días por semana. El gimnasio al que voy está a tres minutos de mi casa, y es barato porque es municipal. Por eso está siempre lleno de gente. La diminuta piscina parece una sopa de fideos. Con albóndigas, porque últimamente, sabe Dios por qué, abundan los gordos que abofetean el agua con furia, como si no tuvieran suficiente con desalojarla en grandes cantidades.

La piscina tiene cinco carriles; en teoría el del centro es el rápido, los de los extremos son los lentos, y el segundo y cuarto los intermedios. Aunque siempre hay una especie de vigilante salvavidas gay ahí sentado, éste nunca obliga a nadie a cambiarse de carril en función de su velocidad, pero la gente más o menos encuentra el que le toca por sí sola. Ojo: he dicho "más o menos".

A las horas que voy yo siempre hay unas cuatro o cinco personas por carril. Meterte en el de enmedio es como intentar circular por la autopista con un patinete: los aspirantes a Michael Phelps (que deben de ser muy pobres, porque si no no entiendo qué hacen en una piscina de veinte metros) se te echan encima sin contemplaciones y mientras ejecutan su espectacular vuelta de campana te lanzan hirientes miradas de desprecio (bueno, yo como voy sin gafas graduadas no los veo, pero eso es algo que se siente en el alma). Los carriles de los extremos son casi exclusivamente para viejitos o gente en algún tipo de rehabilitación, que yo creo que cruzan la piscina impulsados más por el oleaje que levantan los gordos que por sus propias extremidades.

Así pues, sólo me quedan los dos carriles intermedios. Hacer allí mi kilometrito, es decir, 50 piscinas, es una empresa viable, pero no por ello deja de ser un vía crucis. Y es que allí me doy cuenta de por qué no es posible una sociedad igualitaria sin jefes ni policías: porque la gente es egoísta, pero además tonta del culo. Yo cuando tengo delante a alguien que nada más despacio, al llegar al final de la piscina me espero a que esa persona se aleje unos cuantos metros antes de seguir para poder nadar a mi ritmo sin presionarla. Del mismo modo, si tengo detrás a alguien que va más rápido, al llegar al final de la piscina lo dejo pasar, más que nada para que no me ande presionando. Estas normas, aunque no escritas, me parecen de sentido común, y si todos las siguieran podrían gozar de un tráfico relativamente fluido por muy atestado que esté el carril. Sin embargo, la inmensa mayoría de la gente no sigue estas normas. Las personas que van más despacio que yo, normalmente mujeres, llegan al final de la piscina, se dan la vuelta, ven que yo estoy ahí mismo, a punto de comerme las uñas de sus pies, pero con esa indiferente arrogancia típica de las barcelonesas (ya hablaré de eso otro día), continúan nadando tranquilamente. Entonces me espero a que pasen de la mitad para empezar a nadar yo, y aun así cuando llego al otro lado ya estoy a punto de hacerle de nuevo la pedicura gratis. Y eso cuando no tengo a un subaspirante a Michael Phelps detrás, resoplando como un caballo porque voy demasiado lento para él. Si el bobo se fijara un poco, vería que si voy demasiado lento es porque tengo a una barcelonesa delante. De hecho, en cuanto puedo lo dejo pasar para que se la coma él. Pero la tranquilidad sólo dura piscina y media, porque entonces vuelvo a darle alcance a la barcelonesa, y el subaspirante a Michael Phelps me vuelve a dar alcance a mí. Para ser justo, debo admitir que varios de los subaspirantes a Michael Phelps son también barcelonesas, y tienen una forma mucho más sutil de demostrar que molesto que con resoplidos: cuando llego al final, se me adelantan sin decir ni pío o con un indiferentemente arrogante "¿me dejas?", y entonces se ponen a nadar mucho más despacio para fastidiarme por partida doble.

En fin, siempre salgo del agua muy relajado y tonificado por mi media horita de ejercicio. Luego toca el vestuario, atestado de cuerpos masculinos peludos y sudorosos apretujados unos contra otros en un espacio diminuto. Yo creo que si Dante hubiera ido a un gimnasio municipal, habría sabido lo que es realmente el infierno. Pero cuidar la salud es importante.

1 comentario:

Momert dijo...

Noooooooooooo! Haz descrito una de mis peores pesadillas. Y la principal razón por la que no me gusta ya nadar. Tengo que decirte que no es característica exclusiva de los barceloneses la falta de ética acuática. A mi me pasaba en plena clase de natación en el exclusivo Colegio del Bosque en Irapuato. Había unas señoras gordas que se ponían unos artefactos en las manos para nadar más rápido, y me atropellaban! No sólo resoplaban o me miraban con desprecio, me atropellaban! Era horrible. Por eso decidí dejar de ir a clase. Aquí, en el middle-class gy de Lifetime solía haber un carril por persona, porque casi todo el mundo se metía mejor a jacuzzi, pero en general la gente esperaba a que hubiera un carril libre, no compartía. Prueba irrefutable de la superioridad de los Texanos (de clase media que pueden ir a un club que no está atestado y que tiene jacuzzi).