martes, agosto 02, 2005

La pócima milagrosa

Nunca me he caracterizado por mi diligencia ni mi vitalidad. Digamos que soy de un carácter tirando a sanguíneo (excepto en las ocasiones puntuales en que se transforma en colérico), y la sola idea de trabajar me produce un sopor que me inmoviliza durante horas. Y eso es durante el día. Por las mañanas mi estado es aún más lamentable, y quienes me conocen (incluido el perro) han aprendido a rehuirme a toda costa hasta las 12.30 a. m., aproximadamente.
Dada la naturaleza de mi trabajo, esto es un inconveniente (me refiero al marasmo en que permanezco sumido durante buena parte del día, no al hecho de que la gente me rehuya; de hecho, esto supone una ventaja), pues me hace perder muchas horas que debería invertir en mi sustento y otros proyectos personales no menos ambiciosos.
Por otra parte, siempre he tenido algo flojo el vientre, por lo que la mínima ingestión de café producía en mí el mismo efecto que la abertura de una compuerta en una esclusa. Por eso casi nunca tomo café.
Esta mañana, sin embargo, al comprobar irritado que mi lata de té estaba vacía, decidí abrir la bolsa de café de Coatepec, obsequio de un familiar, que guardaba en la nevera para un caso de emergencia como éste.
Oh, sorpresa. Pocos minutos después de apurar la taza, noté, aparte de los movimientos intestinales habituales, una milagrosa disminución de mi abulia matinal. No sólo eso, de hecho ME ENTRARON GANAS de trabajar. "Cielo santo --pensé--. ¿Será el café un invento de las clases capitalistas para explotarnos más eficientemente?"
Afortunadamente, fui capaz de desviar tan pernicioso instinto hacia una tarea más productiva, como escribir esto.

No hay comentarios: