miércoles, agosto 10, 2005

Ayer murió el padre de un conocido mío.

Hacía poco que lo conocía; había llegado hacía unas semanas a Barcelona con su padre (viejo amigo del mío), que estaba enfermo de cirrosis e ingresó en el Hospital Clínic para que estudiaran su caso y determinaran si cumplía los requisitos para un transplante.
Según me contó su hijo, el enfermo había llegado muy débil tras el viaje, pero en el hospital habían conseguido que recuperara en cierta medida las fuerzas.

Por eso su llamada de ayer me pilló por sorpresa.

--Ya se murió mi padre --dijo con voz llorosa.
--¿En serio? --dije, como si existiera la posibilidad de que él me contestara: "No, hombre, ¿cómo crees? Sólo está gravemente enfermo, pero como apenas te conozco, decidí gastarte una broma de mal gusto para romper el hielo." Siempre he sido muy torpe para reaccionar en estos casos.

Fui al hospital, tras avisar al Antoniu y a Walter. Los tres habíamos salido de juerga con él el pasado sábado y habíamos cantado "Son tus perjúmenes mujer" en un karaoke, aunque él no se había animado a acompañarnos. Pero se rió bastante.

Cuando llegué al hospital, lo noté mucho más tranquilo que por teléfono. Debía de estar en ese estado en que las emociones llevan todavía un desfase de varias horas respecto a la situación en que uno se encuentra. Me refirió lo ocurrido. Su padre se había puesto peor el día anterior. Fallo multiorgánico. Los médicos le dieron pocas esperanzas. Pasó toda la noche despierto, velando al enfermo, que finalmente murió ayer, hacia las tres de la tarde.

Antoniu y Walter llegaron poco después que yo. La hermana del fallecido lloraba, pero agradeció nuestra presencia allí. Mientras iniciaba los trámites para enviar el cuerpo al tanatorio, mandó a a su sobrino a comer algo. Nosotros lo acompañamos.

En el café del otro lado de la calle, donde pidió una focaccia, nos contó que hacía un tiempo que se había mudado a una casa situada en el terreno de su padre, por lo que habían convivido como vecinos, como amigos. A partir de ahí, la conversación se desvió inexplicablemente hacia la posibilidad de que hubiera en Dubai un partido comunista y luego hacia las películas de Charles Bronson. El hijo del recién fallecido se rió bastante con los típicos chistes del Antoniu (que normalmente le hacen más gracia a él que a nadie), aunque algunos rayaban peligrosamente en la inoportunidad. Estuvimos allí varias horas, hasta que llegó el momento de marcharnos.

Nos despedimos, y él se quedó con su tía, sin duda preparándose para sobrellevar la primera noche de su nueva vida como un ser un poco más incompleto, más solo, más triste.

martes, agosto 09, 2005

Publicidad para analfabetos

O mejor dicho, publicidad por analfabetos.

En el dorso de una revista de historia que me gusta mucho por su profusión de fotos bonitas, encuentro un anuncio de una conocida marca de güisqui (que se llama igual que uno de los principales equipos de la primera división mexicana). En la imagen aparecen las siluetas de unas cinco personas, jóvenes y sanas a juzgar por sus figuras, al lado de una tienda de campaña, contemplando en el firmamento una especie de aurora boreal que más bien parece la luz procedente de los antiniebla de un coche escondido detrás de la loma. Bajo el nombre de la marca, puede leerse la siguiente frase:

"Para los que un 5 estrellas no es suficiente."

Al leerla por primera vez, se me hizo rara (aparte del hecho de que no sé a qué estrellas se refiere), pero tardé unos segundos en darme cuenta de lo que andaba mal. Claro: el problema es que el ingeniosísimo publicista que ideó la frase creyó que "los que un 5 estrellas no es suficiente" es un sintagma nominal que, por ejemplo, se podría usar en una oración como "voy a emborracharme con mis cuates los que un 5 estrellas no es suficiente". Evidentemente, para ser correcta, la frase debería ser "Para aquellos para quienes un 5 estrellas no es suficiente." Como no es muy elegante ni contundentemente breve, tal vez sería mejor algo así como "Para los que no tienen suficiente con un 5 estrellas".
Bueno, en realidad, si quieren una frase breve y contundente, lo mejor sería: "Whisky X: Chupa, cabrón."

martes, agosto 02, 2005

La pócima milagrosa

Nunca me he caracterizado por mi diligencia ni mi vitalidad. Digamos que soy de un carácter tirando a sanguíneo (excepto en las ocasiones puntuales en que se transforma en colérico), y la sola idea de trabajar me produce un sopor que me inmoviliza durante horas. Y eso es durante el día. Por las mañanas mi estado es aún más lamentable, y quienes me conocen (incluido el perro) han aprendido a rehuirme a toda costa hasta las 12.30 a. m., aproximadamente.
Dada la naturaleza de mi trabajo, esto es un inconveniente (me refiero al marasmo en que permanezco sumido durante buena parte del día, no al hecho de que la gente me rehuya; de hecho, esto supone una ventaja), pues me hace perder muchas horas que debería invertir en mi sustento y otros proyectos personales no menos ambiciosos.
Por otra parte, siempre he tenido algo flojo el vientre, por lo que la mínima ingestión de café producía en mí el mismo efecto que la abertura de una compuerta en una esclusa. Por eso casi nunca tomo café.
Esta mañana, sin embargo, al comprobar irritado que mi lata de té estaba vacía, decidí abrir la bolsa de café de Coatepec, obsequio de un familiar, que guardaba en la nevera para un caso de emergencia como éste.
Oh, sorpresa. Pocos minutos después de apurar la taza, noté, aparte de los movimientos intestinales habituales, una milagrosa disminución de mi abulia matinal. No sólo eso, de hecho ME ENTRARON GANAS de trabajar. "Cielo santo --pensé--. ¿Será el café un invento de las clases capitalistas para explotarnos más eficientemente?"
Afortunadamente, fui capaz de desviar tan pernicioso instinto hacia una tarea más productiva, como escribir esto.

sábado, julio 30, 2005

La prueba de fuego

Carlos Semprún Maura (sí, ése que tiene un hermano que escribe muy bien), dice en su artículo Tirar a matar: "Las lloronas profesionales y los aliados del terrorismo islámico –por miedo, como odio a la democracia–, han vuelto a poner el grito al cielo ante [la consigna de tirar a matar] de Scotland Yard a sus policías, después de los atentados de Londres."
Curiosamente, en todo el artículo, Maura no menciona ni una sola vez el único caso, hasta ahora, en que se ha llevado a la práctica esta consigna: el del joven electricista brasileño Jean Charles de Menezes, a quien unos policías de paisano pegaron siete tiros en la cabeza en el Metro de Londres.
Maura nos explica con todo detalle (después de llamar "zopencos" a sus lectores) lo práctico que resulta disparar a la cabeza del presunto terrorista en lugar de, por ejemplo, al corazón, pero no aclara por qué hay que vaciarle prácticamente el cargador. A lo mejor, así como en otro tiempo se arrojaba a un estanque a los sospechosos de brujería (los enemigos de la democracia de entonces, sin duda) con las manos atadas, para ver si flotaban, hoy en día se cree que los terroristas son seres demoniacos y que la única forma de matarlos es pegarles ocho tiros en la cabeza. Por tanto, si con siete la palmas, queda automáticamente probada tu inocencia.
La derecha "liberal", supongo que por falta de seguridad en sus argumentos, tiende a inventarse un adversario a su medida, una izquierda más alelada y sectaria de la que existe en realidad. Por ejemplo, Maura habla de "fervientes admiradores del humanismo de Al Qaeda". También, según él, hay quien afirma "que la intervención militar aliada en Irak –y subsidiariamente en Afganistán– constituye la parturienta del terrorismo islámico", lo cual "no sólo es mentira, es criminal, porque la complicidad con el crimen es asimismo criminal." (No nos dice Maura qué tratamiento recomienda para estos criminales cómplices, pero supongo que la prueba de los siete tiros le parecería lo bastante razonable).
En fin, nadie que yo conozca afirma que el terrorismo islámico surgió a raíz de la invasión de Irak. Lo que no podría negar ni siquiera el fanático proyanqui más obtuso (con perdón, señor Maura) es que ese terrorismo se ha agravado, y mucho, desde que las tropas liberadoras hicieran su entrada en Irak. Me pregunto si ese afán de criminalizar a quienes no ponemos bombas ni pegamos tiros en la cabeza a la gente (ni defendemos una cosa u otra) no será un intento de disimular el hecho de que, de momento, esta "Guerra contra el Terrorismo" está demostrando la misma eficacia que el sirope de chocolate en la Guerra contra las Manchas.

sábado, julio 23, 2005

El liberal y su hígado

Esto es un fa..., digo, un liberal, que va al médico porque no se encuentra bien.
Después de unos análisis, el médico le diagnostica cirrosis.
--¡Maldito hígado! --brama el fa... perdón, el liberal--. ¿Cómo ha podido hacerme algo así?
--Bueno... -murmura el médico--, tengo entendido que bebe usted un poco más de la cuenta...
--¿Qué está diciendo, traidor? ¿Está justificando mi cirrosis? ¿Está diciendo que es algo bueno, que me lo merezco?
--Hombre, no es eso... --balbucea el médico.
--¡Claro! --prosigue el liberal--. ¡Está sugiriendo que me rinda, que no me someta a ningún tratamiento para combatir la cirrosis! ¡Maldito cobarde! ¿Pues sabe qué? ¡No me voy a rendir! ¡Y además, voy a seguir bebiendo! ¡No voy a permitir que ninguna enfermedad de m... me ordene lo que tengo que hacer! ¡Y ahora, me voy a buscar un médico que no esté de su parte!
Dicho esto, el liberal sale y da un portazo, dejando al médico solo en su consulta, rascándose la cabeza.

miércoles, abril 13, 2005

Derribos multitudinarios

No sé si es casualidad, pero últimamente cada vez que se muere alguien, lo califican de "El hombre que derribó el Muro de Berlín". Es lo que se dijo de Reagan, hace unos meses, cuando pasó a mejor vida, y es lo que se dice ahora del señor Wojtyla (¿por qué hay un corresponsal de la tele que lo llama "Goytigua"? ¿Así se pronuncia en polaco?). Recuerdo que, efectivamente, ya no sé si fue en el 89 o en el 90, cuando daban por la tele las imágenes de la caída del Muro, se veía a mucha gente sonriendo de oreja a oreja (más bien encima del muro que derribándolo, pero supongo que las cámaras los pillaron en un momento de descanso), pero no recuerdo haber visto a nadie famoso y mucho menos a Reagan o a Wojtyla que, según creo además, ya no estaban para esos trotes.
Por cierto, un incisio: estoy convencido de que se desaprovechó una oportunidad de oro. Si tan fausto suceso se hubiese producido hace un par de días y no hace 15 años, ¿quién duda que los famosetes viajarían a Berlín a hacerse fotografiar junto al muro empuñando una piqueta? Veríamos, por ejemplo, titulares como éste en el Hola (o en "la Hola", como muy bien la llama Lulú, pues se trata de una revista y por tanto debería ser de género femenino): "Isabel Pantoja, luciendo un vestido regional prusiano de gran colorido, derriba a golpes de maceta cuarenta metros de Muro sin más ayuda que las expresiones de ánimo de Paquirrín."
En fin, supongo que los periodistas que se ven en el papelón de escribir un panegírico sobre un personaje recientemente fallecido del que apenas saben cómo se llamaba, se aprovechan del carácter multitudinario del derribo del Muro de Berlín (y del hecho de que fue uno de los pocos del siglo XX en el que había gente sonriendo) para atribuirle a él solo la hazaña.
Yo simplemente espero que Gorbachov tarde unos añitos en morirse, porque seguro que con él también nos dan la tabarra.